De un niño genio encerrado en su laboratorio a un cavernícola enfrentando un mundo brutal junto a una dinosaurio. Genndy Tartakovsky lleva décadas transformando la animación y en Primal empujó su obsesión por contar historias visualmente hasta el extremo.
Hay creadores que necesitan apenas unos segundos para dejar su firma en pantalla. En el caso de Genndy Tartakovsky, puede ser una silueta, un encuadre imposible, una pelea perfectamente coreografiada o simplemente varios segundos en los que nadie dice una palabra.
Su trayectoria ha atravesado distintas generaciones y públicos. Primero revolucionó la televisión infantil con El laboratorio de Dexter, después convirtió Samurai Jack en una demostración de narrativa visual y finalmente llegó a Primal, probablemente la expresión más pura de una idea que ha perseguido durante buena parte de su carrera: una historia no necesita explicarlo todo para conseguir que el espectador sienta algo.
Su reciente paso por la CCXP en Brasil volvió a poner el foco sobre esa evolución y sobre una carrera que lleva décadas desafiando las fronteras tradicionales de la animación.
Dexter abrió la puerta

Para una generación que creció durante los años 90, Tartakovsky está inevitablemente asociado a Dexter y su laboratorio secreto.
El laboratorio de Dexter convirtió las aventuras de un pequeño científico y su caótica hermana Dee Dee en uno de los títulos fundamentales de la primera gran época de Cartoon Network.
Pero debajo del humor había elementos que posteriormente serían recurrentes en el trabajo de Tartakovsky: diseños geométricos, movimientos exagerados, encuadres cinematográficos y una enorme capacidad para contar un chiste simplemente mediante una imagen.
Su trabajo como director en Las chicas superpoderosas amplió esa influencia. La acción podía ser frenética y exagerada, mientras el humor y la estética mantenían una identidad reconocible inmediatamente.
Tartakovsky estaba comenzando a construir su propio lenguaje.
Samurai Jack descubrió el poder del silencio
El salto llegó con Samurai Jack.
La historia del guerrero enviado hacia un futuro dominado por Aku permitió al animador reducir progresivamente algo que la televisión parecía considerar indispensable: el diálogo.
Jack podía caminar durante largos minutos, observar un paisaje o esperar a su enemigo sin pronunciar una palabra.
El silencio dejó de representar ausencia de información y comenzó a convertirse en parte del relato.
Los colores, la composición, los sonidos ambientales y especialmente el movimiento pasaron a contar aquello que normalmente habría requerido varias líneas de diálogo.
Samurai Jack también permitió que Tartakovsky incorporara referencias del western, las películas de samuráis y el cine de acción dentro de una producción televisiva aparentemente sencilla.
La animación empezaba a comportarse como cine.
Primal llevó la idea hasta el extremo
Todo ese recorrido parece desembocar naturalmente en Primal.
La serie presenta a Spear, un hombre prehistórico, y Fang, una dinosaurio con quien establece una improbable alianza después de que ambos sufran pérdidas devastadoras.
No necesitan conversar.
De hecho, durante buena parte de la historia no podrían hacerlo aunque quisieran.
Su relación se construye mediante miradas, movimientos, gruñidos, gestos y acciones. El espectador comprende cuándo sienten miedo, rabia, afecto o desesperación sin que nadie tenga que explicárselo.
Tartakovsky llevó así una técnica explorada durante años hasta prácticamente eliminar las palabras de la ecuación.
Cuando la animación es la historia
En Primal, el dibujo no funciona simplemente como el vehículo para presentar un guion.
La animación es el propio lenguaje narrativo.
Una mirada de Fang puede reemplazar varias frases. La respiración de Spear puede anticipar una pelea. Un paisaje aparentemente vacío puede transmitir amenaza antes de que aparezca cualquier criatura.
La música y el diseño sonoro completan una experiencia donde el espectador debe interpretar constantemente lo que está viendo.
La violencia también forma parte de esa propuesta. Primal puede ser brutal y explícita, pero utiliza esa crudeza para representar un mundo en el que sobrevivir nunca está garantizado.
Y entre toda esa sangre aparecen momentos sorprendentemente íntimos.
Ahí está probablemente una de las mayores virtudes de la serie: conseguir que un cavernícola y una dinosaurio transmitan emociones reconociblemente humanas sin necesidad de hablar.
Una evolución de más de tres décadas
La trayectoria de Tartakovsky puede parecer formada por proyectos radicalmente diferentes, pero existe un hilo que los conecta.
Dexter enseñó cuánto podía contar una imagen exagerada. Samurai Jack demostró cuánto podía comunicar el silencio. Y Primal llevó ambas ideas hacia un territorio adulto, visceral y emocional.
Su evolución no consistió simplemente en abandonar la animación infantil para realizar producciones más maduras.
Consistió en ir quitando elementos hasta quedarse con lo esencial.
Personajes.
Movimiento.
Sonido.
Imagen.
Y emoción.
Plano General
De El laboratorio de Dexter a Primal hay décadas de distancia, pero también una misma obsesión creativa. Tartakovsky ha pasado buena parte de su carrera demostrando algo aparentemente sencillo: cuando la animación sabe exactamente qué quiere contar, las palabras pueden llegar a sobrar.











