Nació en 1966, fue cancelada después de tres temporadas y parecía destinada a convertirse en otra serie olvidada. Seis décadas después, Star Trek sigue mirando hacia las estrellas para plantearnos una pregunta mucho más cercana: qué clase de humanidad queremos ser cuando lleguemos hasta ellas.
El 8 de septiembre de 1966, la cadena NBC emitió The Man Trap. Una nave llamada USS Enterprise comenzó entonces una misión de cinco años para explorar nuevos mundos, buscar nuevas formas de vida y llegar hasta donde nadie había llegado antes.
La televisión le concedió bastante menos tiempo.
Star Trek, creada por Gene Roddenberry, fue cancelada en 1969 después de apenas tres temporadas. Pero las reposiciones, los seguidores y una idea extraordinariamente resistente terminaron haciendo lo que sus índices de audiencia originales no consiguieron: mantener a la Enterprise viajando durante 60 años.
Hoy existen cientos de episodios, películas, animación, novelas, videojuegos y generaciones completas que saben qué significa un klingon, reconocen un saludo vulcano 🖖 y entienden perfectamente la orden de alcanzar velocidad warp.
Pero quizás estamos celebrando lo menos importante.
Porque el verdadero legado de Star Trek nunca fue imaginar cómo sería nuestra tecnología en el futuro.
Fue imaginar cómo podríamos ser nosotros.
Una utopía dentro de una nave
La serie nació mientras el mundo convivía con Vietnam, la Guerra Fría, la amenaza nuclear y la lucha por los derechos civiles.
Y Roddenberry puso en el puente de su nave a personas de diferentes razas y nacionalidades trabajando juntas.
No significaba que las diferencias hubieran desaparecido. Significaba algo mucho más radical para la televisión estadounidense de 1966: habían dejado de impedir que las personas construyeran juntas el futuro.
Spock representaba perfectamente esa idea.
Mitad humano y mitad vulcano, el personaje interpretado por Leonard Nimoy pasó buena parte de su existencia intentando reconciliar lógica y emoción. Paradójicamente, aquel extraterrestre que observaba a los humanos desde cierta distancia terminó convirtiéndose en una de las mejores herramientas de la serie para preguntarse qué significa precisamente ser humano.
Y después estaba Uhura.
Nichelle Nichols ocupaba un puesto de responsabilidad en el puente de la Enterprise cuando la televisión estadounidense todavía ofrecía muy pocos papeles relevantes a mujeres afroamericanas.
Su influencia incluso abandonó la ficción. A fines de los años 70, Nichols colaboró con NASA en una campaña para incentivar la postulación de mujeres y minorías a su programa de astronautas. En 1978, la agencia seleccionó una promoción de 35 astronautas que incluyó, por primera vez, mujeres y personas pertenecientes a minorías raciales.
La ciencia ficción había comenzado a empujar a la realidad.
La tecnología era solamente el escenario
Es tentador medir las predicciones de Star Trek preguntándonos cuáles de sus tecnologías terminaron pareciéndose a teléfonos móviles, tabletas, asistentes computacionales o sistemas de comunicación contemporáneos.
Pero nuevamente estaríamos mirando los instrumentos y no la misión.
La Enterprise representaba una humanidad que había conseguido sobrevivir a sus peores impulsos y que, después de hacerlo, había decidido dedicar buena parte de su conocimiento y recursos no a conquistar el universo, sino a comprenderlo.
Por eso la Federación podía ser utópica sin ser ingenua.
Star Trek nunca sostuvo que el universo estuviera libre de guerras, fanatismos, prejuicios o ambición. Construyó cientos de historias precisamente alrededor de ellos.
Su optimismo consistía en algo diferente:
creer que podíamos aprender.
Plano General
Sesenta años después, quizá esa sea la tecnología de Star Trek que todavía no hemos conseguido inventar.
Tenemos computadores que conversan con nosotros, máquinas que aterrizan autónomamente, telescopios capaces de observar galaxias primitivas y seres humanos viviendo permanentemente en una estación espacial.
Pero seguimos discutiendo sobre guerras, discriminación, intolerancia y nuestra capacidad para convivir con quien piensa, cree o luce diferente.
Por eso Star Trek continúa siendo relevante.
Gene Roddenberry no imaginó una humanidad perfecta. Imaginó una humanidad que había decidido intentar ser mejor.
En 1966 aquello parecía ciencia ficción.
Sesenta años después, tal vez siga siéndolo.
Pero mientras alguien continúe mirando hacia las estrellas y preguntándose qué clase de personas queremos ser cuando finalmente lleguemos hasta ellas, la misión de la Enterprise todavía no habrá terminado.
🖖 Larga vida y prosperidad.











