Durante décadas, asistir al cine o sentarse frente al televisor para ver una película constituyó una de las principales formas de entretenimiento audiovisual. Una historia comenzaba, se desarrollaba y, generalmente después de aproximadamente dos horas, llegaba a su desenlace. Hoy, ese modelo convive con una alternativa que ha adquirido una presencia significativa en las preferencias de las audiencias: las series.
La expansión de las plataformas de streaming (tecnología que permite acceder y reproducir contenidos audiovisuales a través de internet), ha transformado profundamente nuestros hábitos de consumo. Ya no es necesario esperar un día y una hora determinada para continuar una historia. El espectador puede comenzar una serie cuando lo estime conveniente, detenerla, retomarla posteriormente y, en determinados casos, completar una temporada en pocas horas. El contenido dejó de estar condicionado exclusivamente por una programación y pasó a estar disponible bajo demanda.
Ante esta transformación surge una interrogante que parece sencilla, pero que encierra una discusión mucho más compleja: ¿las personas prefieren realmente las series por sobre las películas?
La película posee una característica fundamental: su capacidad para construir una experiencia narrativa completa en un período de tiempo relativamente acotado. En aproximadamente 90 minutos o dos horas, dependiendo de la propuesta, debe presentar personajes, establecer un conflicto, desarrollar la trama y conducir al espectador hacia un desenlace. Esta limitación temporal, lejos de constituir necesariamente una debilidad, puede convertirse en una de sus principales fortalezas. Una obra cinematográfica puede generar emociones profundas y permanecer en la memoria del espectador sin exigirle una dedicación prolongada.
Las series, en cambio, cuentan con una estructura narrativa que permite extender el desarrollo de personajes y conflictos. La historia puede evolucionar durante varios episodios y temporadas, incorporando nuevas situaciones, perspectivas y dimensiones de sus protagonistas. Esta extensión favorece una relación progresiva entre el espectador y el universo narrativo, generando, en muchos casos, una sensación de continuidad y pertenencia que trasciende la experiencia de cada capítulo.
Sin embargo, existe un elemento que resulta fundamental en esta discusión: el tiempo.
Vivimos en una sociedad en la que el tiempo disponible para el ocio parece adquirir un valor creciente. En este contexto, un episodio de 30, 45 o 60 minutos puede integrarse con mayor facilidad a determinadas rutinas cotidianas. Una película, en cambio, requiere generalmente disponer de un período continuo más extenso. No se trata necesariamente de que una experiencia sea mejor que la otra, sino de que ambas responden a formas diferentes de administrar el tiempo y relacionarse con los contenidos audiovisuales.
A ello se suma una transformación todavía más profunda: las plataformas digitales no solo distribuyen contenidos, sino que también intervienen en la manera en que los descubrimos y consumimos.
La pregunta “¿qué vemos hoy?” puede convertirse en varios minutos de navegación entre cientos de títulos disponibles. Las interfaces, los sistemas de recomendación y la reproducción automática participan en ese proceso de selección y contribuyen a orientar la experiencia del espectador. Una vez finalizado un episodio, aparece una nueva invitación: continuar con el siguiente. De esta manera, el consumo audiovisual adquiere una lógica de continuidad que puede prolongar considerablemente el tiempo de permanencia frente a la pantalla.
Aquí aparece una cuestión particularmente relevante para la industria audiovisual: ¿el éxito de las series responde realmente a una preferencia narrativa del público o también a la manera en que las plataformas han diseñado el consumo?
Probablemente, ambas dimensiones se encuentran estrechamente relacionadas. Existe una valoración por relatos extensos, personajes complejos y tramas desarrolladas progresivamente, pero también es evidente que las plataformas han modificado las condiciones bajo las cuales las audiencias acceden a estos contenidos. La disponibilidad permanente, los sistemas de recomendación y la posibilidad de continuar inmediatamente una historia han generado nuevas formas de relación con las obras audiovisuales.
Además, las series han adquirido una dimensión social que trasciende la pantalla. Una producción puede generar conversaciones, teorías, comunidades de seguidores y contenidos derivados que circulan por las redes sociales. Los llamados “memes”, por ejemplo, pueden convertir determinadas escenas o personajes en elementos reconocibles dentro de la cultura digital, prolongando la conversación sobre una producción incluso después de finalizado el episodio.
Por ello, más que preguntarnos si las audiencias prefieren las películas o las series, quizás deberíamos formular una pregunta diferente: ¿qué busca el espectador en cada formato y qué lugar ocupa el tiempo en esa decisión?
Cuando se busca una experiencia narrativa prolongada, capaz de acompañar al espectador durante días o semanas, la serie ofrece profundidad, continuidad y evolución. Cuando se busca una experiencia narrativa completa en una sola sesión, la película mantiene una capacidad particular para condensar una historia y producir un impacto significativo en un período acotado.
En consecuencia, resulta apresurado hablar de una supuesta “muerte de las películas”. El cine no desaparece frente al crecimiento de las series; más bien, ambos formatos se encuentran en un proceso de transformación condicionado por nuevas tecnologías, modelos de distribución y hábitos de audiencia.
La verdadera disputa, entonces, quizá no sea entre películas y series, sino por algo mucho más escaso: el tiempo del espectador. En una industria donde la oferta audiovisual crece constantemente, captar y mantener la atención se ha convertido en uno de los principales desafíos. Y en esa competencia, tanto el cine como las series deberán continuar adaptándose a una audiencia que ya no solo elige qué quiere ver, sino también cuándo, cómo y durante cuánto tiempo está dispuesta a hacerlo.
Carlos Ramírez Zavala
Director de Carrera
Comunicación Audiovisual Digital
Santo Tomás, Talca










