La artista japonesa falleció a los 97 años en Tokio, dejando una de las trayectorias más reconocibles del arte contemporáneo. Sus lunares, calabazas y salas de espejos infinitos transformaron a Kusama en un fenómeno cultural mundial después de décadas luchando por conseguir reconocimiento.
La artista japonesa Yayoi Kusama, una de las figuras más influyentes y reconocibles del arte contemporáneo, murió a los 97 años.
Según informó su compañía, Kusama falleció el pasado 14 de agosto en un hospital de Tokio, después de una vida dedicada prácticamente por completo a la creación.
La artista continuó trabajando hasta sus últimos días. Su producción abarcó pintura, escultura, instalaciones, performance, literatura y poesía, aunque fueron sus característicos lunares, calabazas y espacios infinitos los que terminaron convirtiéndose en símbolos reconocidos alrededor del mundo.
De Nueva York al reconocimiento mundial
La historia de Kusama estuvo lejos de ser un éxito inmediato.
Durante la década de 1960 intentó abrirse camino en la escena artística de Nueva York, entonces fuertemente dominada por hombres. Allí desarrolló provocadoras instalaciones, performances y esculturas, incluyendo piezas cubiertas por formas fálicas confeccionadas en tela.
En 1965 presentó sus primeras “Infinity Mirror Rooms” o Salas de espejos infinitos, instalaciones construidas mediante espejos y luces que generan la sensación de encontrarse frente a espacios que se prolongan indefinidamente.
Décadas después, estas obras se convertirían en auténticos fenómenos de público en museos y galerías internacionales.
Kusama también manifestó frustración por considerar que algunas de sus ideas habían sido posteriormente utilizadas o habían inspirado a artistas masculinos que consiguieron mayor reconocimiento dentro del circuito estadounidense, entre ellos Andy Warhol, Claes Oldenburg y Lucas Samaras.
Finalmente regresó a Japón.
El arte como refugio
La vida personal y artística de Kusama estuvo profundamente relacionada con sus problemas de salud mental.
La artista decidió ingresar voluntariamente a un hospital psiquiátrico en Tokio, donde residió durante décadas mientras continuaba desarrollando su obra desde un estudio cercano.
El establecimiento incorporaba experiencias relacionadas con la arteterapia, permitiéndole encontrar un entorno en el que podía mantener una rutina creativa.
Durante los años 70 y comienzos de los 80 produjo trabajos considerablemente más oscuros, incluyendo collages relacionados con los ciclos naturales de la vida.
Pero su reconocimiento internacional todavía estaba por llegar.
El renacimiento de Kusama
Uno de los momentos decisivos ocurrió en 1993, cuando se convirtió en la primera artista japonesa en representar individualmente al país en la Bienal de Venecia.
El acontecimiento tenía además un fuerte componente simbólico: 27 años antes había llegado al mismo encuentro sin invitación y desplegado 1.500 bolas espejadas sobre el suelo.
A partir de los años siguientes su figura comenzó a crecer hasta convertirla, cuando ya tenía entre 80 y 90 años, en un verdadero ícono cultural mundial.
Sus exposiciones comenzaron a congregar multitudes, mientras sus características calabazas y obras cubiertas de lunares adquirían valores cada vez mayores en el mercado internacional.
En 2001 recibió el Premio Asahi por su contribución cultural y artística. Una de sus pinturas llegó a venderse por aproximadamente US$10,5 millones en 2022, ubicando su producción entre las más cotizadas realizadas por una mujer.
Su trabajo terminó exhibiéndose en algunos de los principales museos del planeta y su particular universo visual llegó también a la cultura popular mediante colaboraciones con firmas como Louis Vuitton.
Plano General
La historia de Yayoi Kusama resulta especialmente significativa porque su reconocimiento masivo llegó extraordinariamente tarde. Una artista que durante décadas trabajó desde los márgenes terminó convirtiéndose en una de las creadoras contemporáneas más conocidas del planeta.
También existe una paradoja interesante en su legado. Sus lunares, calabazas y habitaciones infinitas se transformaron en imágenes extraordinariamente populares y reproducidas, pero detrás de esa estética colorida existe una obra profundamente vinculada con la obsesión, la repetición, la salud mental, la identidad y la necesidad de desaparecer dentro de algo infinito.
Kusama consiguió algo reservado para muy pocos artistas: desarrollar un lenguaje visual que puede ser reconocido incluso por quienes desconocen su nombre. Los lunares dejaron de ser simplemente un elemento gráfico. En sus manos, se convirtieron en una firma universal.











